
Así llego hoy: sostengo que un concierto no comienza cuando el sonido ordenado se adueña de la escena sino antes, en el preciso instante en que el oyente pone sus pies en el auditorio.
La música debe ser el clímax necesario de una experiencia que se inicia en los pasillos de los teatros, y cuyo objetivo final debe ser el mismo que perseguía Kafka en la literatura: la música como hacha que “resquebraje el mar congelado dentro de nosotros mismos”.
Desde que el público llega a la sala hasta que fija su atención en el gesto del director abriendo la caja de notas con la llave de la batuta, existe un tiempo vacío -y muy breve, porque casi todos llegan a última hora, pues hoy se vive, y hasta se muere, apresuradamente- que es preciso llenar con estallidos de sugerencias que afilen el hacha que reclamaba Kafka.
Tenemos los medios, muy infrautilizados aún en la música sinfónica: la luz, la imagen y, por supuesto, la palabra, que gobierna los programas de mano cuyo contenido, dicho sea de paso, resulta urgente renovar.
Porque un concierto no es un congreso de eruditos, ni tampoco un museo de “opus” y fechas, sostengo que en los momentos previos a la música debemos manejar las palabras justas con el fin de persuadir al público de que está a punto de asistir a un acontecimiento irrepetible que enriquecerá sus vidas.
Con ello perseguimos convertir a la música en la matriz de una creación literaria inédita, en un espacio donde artistas del pasado inspiran la cultura del presente.
¿Por desgracia, la vulgaridad más zafia se ha adueñado de la palabras "ocio" y "entretenimiento", no hacen falta muchas luces para darse cuenta de ello, basta con encender el televisor.
Sostengo que la cultura,-y dentro de ella, la música-debe recuperar su dominio. Mas insistir en separar ambos términos no sólo no ayuda en las tareas de rescate, sino que incluso ahonda la profundidad del abismo que hoy nos separa de los muchos públicos que no han puesto jamás los pies, ni piensan ponerlos, en una sala de conciertos.
… búsquenlo ustedes, yo ya he sostenido más de lo necesario
La música debe ser el clímax necesario de una experiencia que se inicia en los pasillos de los teatros, y cuyo objetivo final debe ser el mismo que perseguía Kafka en la literatura: la música como hacha que “resquebraje el mar congelado dentro de nosotros mismos”.
Desde que el público llega a la sala hasta que fija su atención en el gesto del director abriendo la caja de notas con la llave de la batuta, existe un tiempo vacío -y muy breve, porque casi todos llegan a última hora, pues hoy se vive, y hasta se muere, apresuradamente- que es preciso llenar con estallidos de sugerencias que afilen el hacha que reclamaba Kafka.
Tenemos los medios, muy infrautilizados aún en la música sinfónica: la luz, la imagen y, por supuesto, la palabra, que gobierna los programas de mano cuyo contenido, dicho sea de paso, resulta urgente renovar.
Porque un concierto no es un congreso de eruditos, ni tampoco un museo de “opus” y fechas, sostengo que en los momentos previos a la música debemos manejar las palabras justas con el fin de persuadir al público de que está a punto de asistir a un acontecimiento irrepetible que enriquecerá sus vidas.
Con ello perseguimos convertir a la música en la matriz de una creación literaria inédita, en un espacio donde artistas del pasado inspiran la cultura del presente.
¿Por desgracia, la vulgaridad más zafia se ha adueñado de la palabras "ocio" y "entretenimiento", no hacen falta muchas luces para darse cuenta de ello, basta con encender el televisor.
Sostengo que la cultura,-y dentro de ella, la música-debe recuperar su dominio. Mas insistir en separar ambos términos no sólo no ayuda en las tareas de rescate, sino que incluso ahonda la profundidad del abismo que hoy nos separa de los muchos públicos que no han puesto jamás los pies, ni piensan ponerlos, en una sala de conciertos.
… búsquenlo ustedes, yo ya he sostenido más de lo necesario

