domingo, 8 de junio de 2008

Pianissimo!!!


Cuanto más se acerca la música al silencio más difícil resulta su interpretación. A veces la vida de una partitura pende de un hilo de sonido, tan fino como la crin del arco con el que recorres a menudo su liviana geografía reprimiendo el susto de romperlo que sientes al acecho en la boca de tu estómago. Lo decimos con un idioma que sabe dulce al paladar: pianíssimo. Pero no es suficiente - las palabras nunca lo son -, o acaso esperas que el director lo describa con otras menos precisas, las que sin decir nada lo dicen todo, las que te convierten en el mago que deslumbra a la audiencia a costa de un sombrero y un conejo.
Insisto, pianíssimo no basta, aunque la batuta lo escriba en el aire, o lo pronuncie con dos terrones de azúcar en las eses gemelas. Muchos directores, sin embargo, desconocen que son poetas del sonido, y en esos momentos que invitan a las confidencias, desearía que a mí, a todos, músicos de silla, solistas, o espectadores, nos recitaran versos. Pero la gran mayoría prefiere leer en prosa, y aderezada con vocablos extranjeros, la poesía de una sinfonía. En defensa propia te obligas entonces a repetir sin pausa, mientras sigues con los ojos el deslizamiento del arco sobre el metal tensado de la cuerda: perfil de agua, perfil de agua, perfil de agua… hasta que alcanzas la orilla opuesta, miras atrás y descubres el rastro blanco de la resina, la huella del hilo, que luego borrarás con un paño sin poder evitar los remordimientos por destruir la única evidencia visible del paso por tu vida de un invisible muy bello, las cenizas del poema.
Usamos esos hilos fronterizos con la mudez para confeccionar respaldos armónicos cuya suavidad o aspereza dependen del instrumento que apoye su canto en ellos. Así, la voz del oboe te invita a tejer un hilo duro y resistente, como el de una caña de pescar, que cose el arco a la cuerda en un abrazo de amantes. La voz de la flauta, en cambio, necesita mecerse en la nube que surge del aliento de tu instrumento cuando, impulsado por el deseo de estremecerlo, le acaricias las curvas.
Todo sonido en el lindar de la nada nos obliga a sostener la respiración, como si una voz desconocida estuviera revelando en público nuestros pensamientos más íntimos. La dinámica que nos aproxima al principio y final de todas las cosas, al silencio, traza con notas el rostro invisible de la emoción, su perfil de agua.

lunes, 2 de junio de 2008

XII Festival Internacional de Piano




Una muy buena programación y una muy buena opcion para matar un poco el tiempo y enriquecernos pianisticamente, jeje
consulten la carltelera en el siguiente link.
http://www.cenart.gob.mx/html/cartele/blanco&negro.html

domingo, 1 de junio de 2008

TORMENTAS EN SU CONCIENCIA.


En los compases de espera de una sinfonía que estaba tocando, unas nubes negras de palabras le intimidaron. Hablaban de él: se hizo músico para huir de algo, pero aún no ha descubierto el qué. De modo que, al volante de un violoncello, sigue corriendo. Quiso ser administrador, pero está convencido de que si ahora lo fuera, entonces se lamentaría por no practicarle, vestido de camarero en un escenario, la respiración artificial a Beethoven con la vana esperanza de resucitarle. "No tienes salida, pues" ,se dice mientras toca la nota que construye un acorde séptima en el compás ochenta y siete.Las nubes no cesan de amenazarle: es callado, o si prefieren un término más culto, reservado. raro, dicho en lenguaje coloquial. Y cuando habla, es para criticar algo o a alguien con, a veces fina y otras retorcida ironía, que le provoca vivir en un mundo que en el fondo detesta.Llega otra nube. El dibujo de la tormenta ya está completo: toca en una orquesta cuyo prestigio, es muy inferior al de su actual director titular. Nunca se ha fiado de esa palabra, prestigio, cuya pronunciación no es más que un entrenamiento obsceno para escupir a los demás.Un rayo en un sforzando que ilumina el cielo de la partitura: ocasionalmente, se le ocurren buenas ideas, pero posee una incapacidad poco asumida para defenderlas, y mucho menos, sacar algún beneficio personal de ellas. Sobre todo, prestigio. Es ingenuo hasta la estupidez, pero algún día que otro, simplemente lo segundo, sin que la pobre ingenuidad tenga nada que ver en ello. Cuida muy poco a los amigos, o quizá es al revés, o ambas cosas a la vez. Ni lo sabe. En la tercera del acorde final admite que sabe más de lo que ha aprendido, pero mucho menos de lo que ve.Termina el concierto. Los aplausos del público suenan como la lluvia que las nubes descargan ahora con fuerza sobre su conciencia. Hoy se irá a la cama sin postre. Y sin sueños.

El Olor de la Música.






La entrada del local olía a barniz especializado en rescatar recuerdos de infancias celebradas con juguetes de madera. Al instante, sospeché que ese era el primer cebo de la tienda, un reclamo para melómanos tímidos como yo, aficionados temerosos de hacer el ridículo ante un vendedor especializado y profesional de una tienda consagrada principalmente a clientes de la profesión.
Ni carteles de diseño, ni rótulos fluorescentes, ni música de ambiente, el mejor antídoto para el "no gracias, sólo miraba": unas gotas de barniz mágico derramadas en el felpudo de la entrada evocando una escena de la infancia y ya tenían al tímido curado de su complejo de aficionado, caído en la trampa del deseo de llevarse a casa sus seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, años. Fin de la retrocuenta y despega mi tarjeta de crédito": Póngame una viola", que así debía implorar el incauto cazado en las redes de un recuerdo cuando en realidad lo que quería decir era, "envuélvame ese olor que me lo llevo", es decir, "le compro mi infancia".
El sonido de la puerta al cerrarse detrás de mí me impulsó a avanzar a paso ligero hasta el centro del pasillo, donde junto una estantería repleta de partituras de bolsillo me detuvo otro reclamo más común y por ello, más difícil de salvar para los que, como yo, habían sobrevivido al primero: un intenso olor a tinta de tebeo sin estrenar que aumentó el tamaño de mis fosas nasales de manera del todo ajena a mi voluntad. Que esa era la treta que escondía ese banquete de olores, despojarte de tu voluntad para que una voz, que era pero no era la tuya, tradujera la imagen que ese olor creaba en tu mente: una niña tirada en el suelo, que eras yo, leyendo, o quizá sólo mirando, un libro.Y como la realidad perdida supura añoranza y las partituras no huelen como los libros, o los periódicos, sino que comparten la dulzura, incluso la fantasía sin colores de los tebeos, de nuevo la retrocuenta y mi tarjeta de crédito conquistando el pasado con una voz ajena aunque propia: "póngame todas las sinfonías de Beethoven en edición de bolsillo" cuando en realidad quería decir "devuélvame mi libro", es decir, "le compro mi infancia".
Y así, me hice músico... para no perder la niña que fui.