
En los compases de espera de una sinfonía que estaba tocando, unas nubes negras de palabras le intimidaron. Hablaban de él: se hizo músico para huir de algo, pero aún no ha descubierto el qué. De modo que, al volante de un violoncello, sigue corriendo. Quiso ser administrador, pero está convencido de que si ahora lo fuera, entonces se lamentaría por no practicarle, vestido de camarero en un escenario, la respiración artificial a Beethoven con la vana esperanza de resucitarle. "No tienes salida, pues" ,se dice mientras toca la nota que construye un acorde séptima en el compás ochenta y siete.Las nubes no cesan de amenazarle: es callado, o si prefieren un término más culto, reservado. raro, dicho en lenguaje coloquial. Y cuando habla, es para criticar algo o a alguien con, a veces fina y otras retorcida ironía, que le provoca vivir en un mundo que en el fondo detesta.Llega otra nube. El dibujo de la tormenta ya está completo: toca en una orquesta cuyo prestigio, es muy inferior al de su actual director titular. Nunca se ha fiado de esa palabra, prestigio, cuya pronunciación no es más que un entrenamiento obsceno para escupir a los demás.Un rayo en un sforzando que ilumina el cielo de la partitura: ocasionalmente, se le ocurren buenas ideas, pero posee una incapacidad poco asumida para defenderlas, y mucho menos, sacar algún beneficio personal de ellas. Sobre todo, prestigio. Es ingenuo hasta la estupidez, pero algún día que otro, simplemente lo segundo, sin que la pobre ingenuidad tenga nada que ver en ello. Cuida muy poco a los amigos, o quizá es al revés, o ambas cosas a la vez. Ni lo sabe. En la tercera del acorde final admite que sabe más de lo que ha aprendido, pero mucho menos de lo que ve.Termina el concierto. Los aplausos del público suenan como la lluvia que las nubes descargan ahora con fuerza sobre su conciencia. Hoy se irá a la cama sin postre. Y sin sueños.


No hay comentarios:
Publicar un comentario